La poesía de la joven Dulce María Loynaz

Para Mujeres El año 2002 es un verdadero jubileo para la cultura cubana que celebra el centenario de los artistas plásticos Wifredo Lam y Marcelo Pogolotti, así como de dos de las mayores voces de nuestras letras: Nicolás Guillén y Dulce María Loynaz.

La Loynaz recibió, ya en su lúcida ancianidad, los máximos galardones como el Premio Nacional de Literatura, en Cuba y el Premio Cervantes, el lauro de más reconocimiento en toda Iberoamérica, fue una joven frágil y delicada que comenzó a buscar la expresión de su sensibilidad, cuando tenía sólo 10 años, aunque empezó a publicar sus primeros versos a los 17.

Gracias también a otro joven, al filólogo Roberto Carlos Hernández, y publicada por la Editorial Extramuros, del Centro provincial del libro y la literatura de Ciudad de La Habana, hemos podido acercarnos a aquellos versos iniciales, editados en las páginas del periódico habanero La Nación, de enero a abril de 1920.

Su fe cristiana, su discurso intimista, su diálogo con la naturaleza y el amor están en esas páginas, donde la poeta transita, en medio de sus exploraciones, por el romanticismo y el modernismo, y nos deja su homenaje a líricos representativos de ambos movimientos literarios, como el español Gustavo Adolfo Bécquer y el cubano Julián del Casal.

El lenguaje que todavía no había madurado en su expresión poética, sí da muestras desde aquellas ramas, del potencial de la semilla, de la fortaleza del árbol que germinaría, años después, para convertir a Dulce María Loynaz en una de esas voces indispensables de un país, la de una mujer que no temía la soledad, que sabía conciliarse con la tristeza, y que hincó sus raíces, profundamente, en esta tierra nuestra, amorosa de Cuba.

La mujer que ha llegado más lejos, en cuanto a reconocimiento y resonancia internacionales de nuestras letras, en el siglo veinte, fue aquella jovencita que se creyó mariposa "y sintió la atracción de los reflejos/de venturas, de sueños y esperanzas...", como cualquier muchacha que avanza desde su pubertad al encuentro del mundo y de la vida.

Aunque, desde tan temprana edad, ya expresaba esa nota melancólica suya, esa especie de retiro que le permitiría escapar de "las hirientes zarzas del camino", como lo señalaba en aquel soneto de El áspero sendero que apareció en las ahora apolilladas páginas del periódico, el 4 de enero de 1920.

Más que un tópico o recurso literario, ya desde la juventud, en Dulce María encontramos el refugio en el jardín, el ensueño de su fantasía, la creación de un mundo interior que la protege y que le permite vivir a pesar de las desilusiones del diario existir.

Voz esencial de nuestra lírica, mujer auténtica que no cedió en principios y fue coherente con su ética, Dulce María fue también "un rayo de luz esplendorosa/para besar piadoso las flores moribundas...", versos que dedicó la poeta a su hermano Carlos Manuel, con el título romántico de Marchitas Rosas y que fuera publicado el 22 de febrero de 1920, también en las páginas de El Nacional.

Grato resulta llegar al centenario de su natalicio con este aire de juventud, el que nos permite conocerla mejor, medirle el pulso a la escritura de la Loynaz, desde los primeros momentos de su creación literaria, cuando como la Bárbara de su novela Jardín, era sólo una hoja, batida por el viento, una mujer que deseaba amar y ser amada.